
El Zafacón de las Ideas es uno de los conceptos más hermosos y útiles que han entrado a mi vida vía
Tanya,
Yari,
Guariko y demás secuaces míxticos. No sé la historia del concepto. Lo que sí sé es que antes no me permitía soñar desmedidamente. Me parecía una botaratera de energía. Me parecía que podía confundir al universo pidiendo demasiado.
Pero, circa 2001, cambié de parecer al oir la filosofía detrás del Zafacón de las Ideas—el lugar bonito y oloroso donde se guardan las ideas que no pueden hacerse realidad inmediatamente y también las ideas locarias, imprácticas y/o rayando en peligrosas, entre otras. Me cautivó eso de operar desde una mentalidad juguetona y de abundancia. Y más todavía me encantó darme cuenta que da gusto soñar. Aunque la idea nunca cobre cuerpo, soñarla da placer y ejercita los músculos de la felicidad. Así que nada más por eso vale la pena soñar.
Me quedé pensando en nuestro querido zafacón luego de la media hora que anoche, al son de risas, pasamos armando el disparate de wikipedia entry del
Lexicano, Santa Sede de Nuestra Señora de Léxington.
Un día quizás escriba el tratado filosófico que el Zafacón de las Ideas bien que se merece. Mejor todavía si lo escriben Tanya o Yari, mis maestras en filosofía zafaconera.
¡Que vivan los disparates factibles y también los no-factibles! ¡Que viva El Zafacón de las Ideas!